Francisco Oller: El impresionista del Caribe

Bodegón de guineos, jarra y pajuiles.

Adentrándome en su historia, mi imaginación se recrea en un joven lleno de un arte que ni en Europa se había afianzado aún. Rodando el ecuador del Siglo XIX, antes de que el borinquen se sacudiera de España el general Prim, gobernador de la colonia, ofreció becas al hijo del médico que trajo la vacuna de la viruela hasta la isla, pero su madre le había negado ir a Roma. Dejar partir a su criollo, con tan poca edad, era algo que ella no podía soportar.

Francisco Oller

Hubo que esperar hasta los 18 y no por la mayoría de edad, sino porque el agua siempre encuentra por donde brotar, para que Oller se embarca a Madrid, gracias a que su jefe encontró una caricatura que el muchacho le había hecho, enfadado lo despidió y Prim volvió con su oferta y él no dudó en zarpar.

El Caribe nunca lo abandonó, cuando observó los cocos (Cocos, 1893) los palitroques secos del racimo, la jugosidad en la carne blanca desprendiéndose de la jícara solo pienso en las veces que habrá sudado buscando su agua en la memoria  y salivado por darle un mordisco mientras compartía en un café con Renoir, Cézanne o Monet.

Bodegón Piñas.

Impresionantes son sus piñas, pintadas ya en la madurez de sus días (Piñas, 1912). A pesar de que sus jugosas y ardientes carnes, no se desnudan ante el pincel, es imposible no salivar al ver su punto de madurez e imaginarse un afro mulato entre sus alborotadas moñas.

Pese a que echó anclas en Madrid, recibido por Madrazos, el entonces director del Museo del Prado, y su mentor, fue en París donde la vanguardia lo sedujo y el impresionismo encontró en sus matices caribeños su razón de ser. Pintó con Monet, Cézanne fue alumno suyo y estudió en el Louvre con Gustave Courbet, el fundador del realismo. Caribeño al fin, no le costó penetrar al círculo de la nueva corriente y volvió a la isla consagrado como el primer latinoamericano del impresionismo.

No pretendo repasar su legado, pero debo destacar “el velorio”, una de sus obras maestras, (El velorio, 1893) quizás muy transgresor y difícil de interpretar por esos lares, demasiado alegre y espontáneo; una estampa costumbrista donde él quiso colocar algunos de los personajes que había conocido en su pueblo; cantos, bailes y bebederas para despedir a un niño cubierto de flores sobre la mesa principal. Un racimo de plátano que parece bendecir lo que es más bien un jolgorio (diversión y fiesta animada); mazorcas como velas boca bajo colgando del travesaño del techo; borinqueño tocando un tres cubano; un perro jugueteando con un niño y el cerdo que cuelga sobre su cabeza parece ser el único que se lamenta. El jurado de una feria europea no pudo ver nada en ella, luego se convertiría en una de las banderas del impresionismo latinoamericano.

Bodegón Guayabas (1903)

Cantó óperas, hizo todo tipo de trabajos para sustentarse, fueron días difíciles. Y yo sigo imaginando al estudiante por los callejones grises y húmedos, de chimeneas de caldo de gallina y leña seca. Seguro que más de una vez soñó con las guanábanas (frutas tropicales)  que explotaban en el patio (Bodegón con guanábanas, 1891), de las que con un tenedor y un chorro de agua sacaba una cremosa champola (Zumo de guanábana).

Bodegón con bananas.

Pero si alguna vez crees que no se puede encontrar sensualidad en un bodegón, no la busques en el racimo (Plátanos amarillos 1893). Tallo seco y cabizbajo estrangulado por una media soga y manos de tiernos, duros, pintones, brillantes y disimulados plátanos con puntas ennegrecidas como pezones.

En España, le concedieron el título de pintor real, fundó una escuela que luego se convirtió en Universidad Nacional, provocó una corriente de pintores jóvenes que venían a aprender y a inmortalizar el paisaje caribeño. Sus pinturas se encuentran en los museos de todo el mundo. Su legado, sumado a otros artistas ha impulsado la venta de bodegones y paisajes costumbristas, formando parte del paisaje callejero del Caribe.

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