06 Oct Un país entero salió a escena, así se contó la dominicanidad en Santo Domingo 2026
La apertura y clausura de los Juegos Centroamericanos y del Caribe Santo Domingo 2026 convirtieron el escenario, el cielo y hasta el vestuario en una representación de lo que significa ser dominicano.
La noche del 24 de julio 2026, antes de que los atletas comenzaran a competir por medallas, República Dominicana tuvo que presentarse ante el Caribe y decidió hacerlo de una manera diferente, mostrando su identidad desde los detalles más pequeños hasta los más grandes y conocidos.
Lo hizo desde el Estadio Olímpico Félix Sánchez, donde más de 24,500 personas presenciaron la inauguración de los XXV Juegos Centroamericanos y del Caribe. Sobre el terreno había tres escenarios, más de 900 bailarines, la Orquesta Sinfónica Nacional, el Coro Nacional Dominicano, miles de luces LED, láseres y 1,100 drones preparados para convertir el cielo en parte crucial de la ceremonia, no solo para los que estuvieran dentro, sino también para los que estuvieran afuera.
Pero detrás de las cifras había una intención más sencilla y, al mismo tiempo, más difícil: contar quiénes son los caribeños y que los representa.
La denominada “Ceremonia Centenaria”, proveniente del concepto 100 años de unión, una sola región, un mismo corazón, fue planteada por su productor general y director creativo, Alberto Zayas, como un recorrido por la historia de los Juegos y por la identidad dominicana y caribeña.
Y esa identidad comenzó a aparecer mucho antes de que sonara el primer merengue.
Un país que también canta con las manos
La primera imagen fue solemne. El Himno Nacional estuvo acompañado por la Orquesta Sinfónica Nacional y el Coro Nacional Dominicano, bajo la dirección del maestro José Antonio Molina. Frente a ellos, integrantes de la Compañía Nacional de Danza Contemporánea interpretaron la pieza mediante movimientos y lengua de señas.
La escena tenía una lectura que iba más allá de lo ceremonial: el himno no solamente se escuchaba; también se veía.
La inclusión apareció, así, como una de las primeras declaraciones de la noche.
Y hasta en ese primer momento el vestuario llevaba un mensaje. Molina apareció con un traje blanco hueso y corbata azul marino, acompañado de botones elaborados en larimar, mientras que los aretes de las intérpretes también incorporaban la piedra nacional dominicana. Estos elementos fueron desarrollados con la colaboración del Museo del Larimar y Casa Caridad.
La dominicanidad, entonces, no había comenzado solo con una bandera ondeando. Había comenzado con la entonación de su canción nacional y una pieza de larimar.
“Dominicano soy”: tres generaciones mirando hacia adelante
Después de la solemnidad llegó el orgullo dominicano. El merenguero Manny Cruz apareció vestido de blanco, mientras los niños que lo acompañaban llevaban igualmente prendas blancas, una elección que, de acuerdo con la propuesta de vestuario, representaba un nuevo comienzo, esperanza y unión. Por otro lado, la cantante Techy Fatule llevó una propuesta en tonos azul, blanco y negro, mientras los bailarines que la acompañaban aparecieron de rojo. El cantante urbano, Lomiiel incorporó el azul, rojo y blanco de la bandera a una estética urbana de denim, cuero y herrajes; y el rapero Lápiz Conciente llevó esos colores hacia una propuesta más cercana al rap y al dembow.
No hacía falta colocar la bandera completa sobre cada cuerpo. Sus colores estaban ahí.
En la ropa. En el movimiento. En las distintas edades sobre el escenario. Y por unos minutos, “Dominicano Soy” convirtió esa mezcla en una sola imagen: un país que reconoce de dónde viene mientras deja espacio para quienes tendrán que contar su historia después.
Cuando la ropa dejó de ser ropa
Ese fue uno de los grandes aciertos de la ceremonia. El departamento de moda, coordinado por Sophia Sanabria junto a los estilistas Isabella Morales y Keyther Estévez, reunió diseñadores, joyeros y artesanos dominicanos. La propuesta incluyó alta costura, sastrería contemporánea, diseño artesanal dirigido por Alina Julia y joyería de autor.
La intención era que cada artista llevara consigo una parte de la historia a transmitir a través de su vestimenta.
Y por eso, mientras avanzaba el espectáculo, comenzaron a aparecer símbolos reconocibles: larimar, la Flor de Bayahíbe, el barrancolí, referencias al mar, al carnaval, al deporte y a la artesanía dominicana.
En el vestuario del merenguero típico Prodigio, por ejemplo, el verde esmeralda evocaba los paisajes montañosos y la camisa incorporaba el tono de la Rosa de Bayahíbe. En su espalda, un bordado inspirado en el barrancolí convertía la biodiversidad dominicana en parte del traje.

La ropa había dejado de acompañar la ceremonia. Se había convertido en parte esencial del guion de la gran noche.
Johnny Ventura volvió a entrar por la tambora
Entonces apareció una figura que no necesitaba estar físicamente allí para ocupar el escenario, porque no se muere quien se va, muere quien se olvida.
Jandy Ventura y Miriam Cruz interpretaron Merenguero hasta la tambora, en homenaje a la gran figura Johnny Ventura.
Jandy llevó un traje azul diseñado por Manuel Febrillet. En la espalda, una ilustración de su padre realizada por el artista Angurria convertía la chaqueta en algo más que una pieza de vestuario: era memoria puesta sobre el cuerpo. El diseño retomó como referencia un traje azul que Johnny Ventura había utilizado en los Premios Soberano de 2017.

La imagen era poderosa precisamente porque hablaba de continuidad. Johnny no estaba allí, pero estaba en la chaqueta, en la canción, estaba en la tambora… Pero, sobre todo, estaba en el hijo que subió al escenario a continuar una historia que comenzó mucho antes.
El homenaje también preparó uno de los contrastes musicales más interesantes de la noche.
Dos ritmos, una misma isla
El espectáculo pudo haber presentado el merengue y la bachata como dos números musicales más, pero no lo hizo así. Los convirtió en dos caras de una misma identidad.
Después del homenaje a Johnny Ventura, Alexandra y Joe Veras llevaron la bachata al escenario con Pena por ti, de Luis Segura. El Prodigio añadió el acordeón y el merengue típico, mientras 118 parejas ocuparon el terreno del estadio para bailar Caña Brava.
Eran 236 personas moviéndose al mismo tiempo en escenarios simultáneos. Y sobre sus cabezas aparecía otro detalle: sombreros tejidos a mano por artesanos de Gurabo.
La escena lograba algo que una simple presentación musical difícilmente habría conseguido: mostrar que la música dominicana no es una sola cosa.
Tiene tambora. Tiene acordeón. Tiene bachata. Tiene merengue típico. Tiene generaciones que cambian la forma de tocarla sin dejar de reconocer de dónde viene.
El escenario también hablaba
Mientras los artistas cambiaban, el espacio también se transformaba. La ceremonia fue construida alrededor de tres escenarios simultáneos, incluyendo una plataforma central de 360 grados. Desde las tomas aéreas, el diseño permitía apreciar que las estructuras seguían el concepto visual del logotipo de los Juegos.

Pero el terreno no permaneció solamente como escenario.También se convirtió en lienzo.
Obras de artistas dominicanos como Ada Balcácer, Guillo Pérez, Cándido Bidó, Iván Tovar, Elsa Núñez y Jorge Pineda fueron proyectadas durante el segmento artístico.
La pintura, la danza, la música, la artesanía y la tecnología terminaron ocupando el mismo espacio. Era una manera de decir que la cultura dominicana tampoco cabe en una sola disciplina.
El Caribe apareció en una yola
Y entonces llegó Maridalia Hernández cambiando el escenario nuevamente
“Caribe” llevó a la cantante a bordo de la llamada Yola de la Esperanza, en un segmento que integró música, danza, artes visuales y elementos marítimos.
El vestuario terminó de construir el personaje. Diseñado por Giannina Azar, el vestido de Maridalia Hernández utilizó una silueta de seda con degradado de turquesa a blanco, evocando el encuentro entre el mar Caribe y el horizonte. Caracoles, estrellas de mar y detalles dorados y azules completaban la imagen. Un tocado de caracoles coronaba la composición.
Medios como FrontStage lo definieron como la creación de un personaje: la Reina del Caribe.
Y ahí la ceremonia hacía una transición importante. Ya no estaba hablando únicamente de República Dominicana. Estaba hablando de República Dominicana dentro del Caribe.
Porque la identidad dominicana que mostró la apertura no fue presentada como una isla aislada. Fue presentada como parte de una región que comparte música, mar, migraciones, ritmos y memoria.
Mientras tanto, el cielo también contaba la historia
Si el escenario había sido lienzo, el cielo se convirtió en una pantalla de estrellas llenas de dominicanidad.
Los 1,100 drones de Sky Elements formaron figuras sobre el Estadio Olímpico y extendieron el relato más allá del terreno. La producción había anunciado desde antes que el espectáculo incorporaría este despliegue junto a 500 láseres y 30,000 insignias LED.
Durante la ceremonia, los drones recrearon imágenes vinculadas a la historia y la identidad dominicana: el mapa de la isla, una pareja bailando merengue y otros símbolos que aparecieron sobre Santo Domingo.
La tecnología, por sí sola, habría sido espectacular. Pero aquí tenía otra función.
Hacía visibles símbolos que ya estaban presentes en la música, el vestuario y la danza.

La pareja de merengue que bailaba en el cielo no era una imagen desconectada de lo que ocurría abajo. Era la versión aérea de las 118 parejas que habían ocupado el campo.
La bandera no era solamente una bandera. Era el mismo país que había aparecido en los colores de los vestuarios. La tecnología no sustituyó la tradición, sino que amplificó el mensaje central del show.
Y al final, Juan Luis Guerra
Dos semanas después, la competencia que se dividía a cada país se transformó en una noche de unión y nostalgia como países que comparten tradiciones y cultura.
La ceremonia de clausura se celebró el 8 de agosto en la Arena Banreservas Virgilio Travieso Soto y estuvo dedicada a los atletas, entrenadores, voluntarios, delegados y todas las personas que hicieron posible los Juegos Centroamericanos y del Caribe 2026.
Si la apertura había necesitado cientos de bailarines, múltiples escenarios, pintura, moda, folklore y miles de luces para explicar la identidad dominicana, la clausura encontró una manera distinta de hacerlo. Una voz que ha marcado a República Dominicana por generaciones: Juan Luis Guerra.
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El cantautor dominicano interpretó junto al coro Más que vencedores el Canto a la Patria, composición que Guerra creó y donó al Estado dominicano en 2006.
La solemnidad de ese momento dio paso poco a poco a la celebración. Techy Fatule y Manny Cruz continuaron la noche con un mix de “Dominicano”, llevando al público hacia un ambiente mucho más festivo.

Fotografía: AZ Films Producciones
Después llegaron los Ilegales y seguido pasó la agrupación liderada por Vladimir Dotel que le puso el broche musical a la ceremonia con “Corazón de Fiesta”, canción oficial de Santo Domingo 2026. Esta canción había acompañado a los Juegos desde su inicio, encontró en la clausura su escenario predilecto: atletas, delegaciones y espectadores reunidos para bailar por última vez para el fin de la era de los grandiosos Juegos Centroamericanos y del Caribe 2026.
Y la elección cerraba el círculo. La apertura había dicho: así somos. Somos merengue y bachata. Somos generaciones. Somos artesanos, bailarines, músicos, diseñadores y artistas. Somos mar y montaña. Somos tradición y música urbana. Somos una bandera que también puede aparecer en el cielo.
Cuando Guerra comenzó a interpretar Canto a la Patria, el público se unió a cada verso. Y quizás ahí estaba la diferencia entre ambas ceremonias. Para abrir los Juegos hubo que construir un país entero sobre un escenario. Para despedirlos bastó con que ese país cantara.
Porque los Juegos llegaron para celebrar cien años de historia deportiva, pero durante una noche y una despedida, Santo Domingo convirtió esa historia en una declaración cultural.
La clausura respondió: esto también somos, esta es nuestra patria.

Fotografías: Cortseía de AZ Films Producciones
