Una mirada económica al Caribe

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La situación que ha enfrentado la región del Caribe, por causa de la enfermedad del coronavirus (COVID-19), ha tenido efectos muy desfavorables que seguirán presentes el resto del año.

Estamos viviendo muchos cambios en todos los sentidos, pero sobre todo en lo económico, social, político, familiar y lo espiritual. 

A pesar de ciertas expectativas positivas, estas adversidades tomarán más tiempo del esperado para un regreso efectivo a la normalidad.

La Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CE- PAL), publicó un segundo Informe Especial titulado: “Dimensionar los efectos del COVID-19 para pensar en la reactivación”, con el objetivo de cuantificar el impacto económico de la pandemia a corto y mediano plazo hasta el 17 de abril de 2020. 

Según este informe, el crecimiento en América Latina y el Caribe estaba en su punto de más debilidad económica y vulnerabilidad macroeconómica en décadas antes del inicio de la pandemia.

La CEPAL proyecta para el 2020, una contracción en el crecimiento económico de un 5, 3% en América Latina y el Caribe, esto aumentará significativamente el número de pobres por casi 30 millones de personas.

 Esperan que las economías caribeñas se contraigan en un 2.6%, gracias a la caída en la demanda de servicios en la industria turística, que es uno de los sectores más afectados. Asimismo, la pobreza extrema aumentaría en 2.5 puntos porcentuales, elevando la taza a 16 millones de personas.

Dentro de las conclusiones del informe quiero resaltar el pronóstico de que la pandemia arrastrará las economías de América Latina y el Caribe a la recesión más severa en la historia. 

Asimismo, menciona que “para la gran mayoría de los países de América Latina y el Caribe, las soluciones de alcance exclusivamente nacional no serían viables por razones de economías de escala, tecnológicas y de aprendizaje.”

En definitiva, estaremos todos, no importa nuestro estrato social o económico frente a grandes retos. Sin embargo, a quienes más golpeará la pandemia y sus efectos, será a los pobres, los perseguidos, los refugiados, los olvidados y todos los marginados que puedan existir en las sociedades de nuestra región.

El legado de nuestros ancestros nos reclama acción, desde los pobladores nativos de estas islas y litorales continentales, pasando por los europeos, los afrodescendientes y todos los inmigrantes que han llegado a este mar y estas tierras tropicales. 

Todos tenemos la responsabilidad moral de ser solidarios con los que más lo necesitan.

Podemos discutir el impacto de la pandemia en el Caribe, en los mismos términos que el informe de la CEPAL hasta bostezar si queremos; sin embargo, este tipo de trabajos deben utilizarse primordialmente como instrumento para lograr que la falta de empatía de espíritu solidario se transforme en voluntades en los que aún no han abierto sus corazones. 

Y esta es precisamente la batalla sin fin que deben tener todos los pueblos del Caribe, la de llevar este mensaje humano y de encuentro con los que nadie quiere ver.

El Caribe ha sido espacio de turbulencias históricas, sociales, políticas y económicas, pero también hemos sido un área de creación de grandezas; repleto de riquezas naturales, materiales e inmateriales. Somos punto de encuentro de ingenio creativo y de importantes perspectivas humanísticas.

Todos podemos ser instrumento de labor social y ser hacedores en la construcción de una mejor sociedad, tanto la propia, como las del resto de la región. 

En este sentido los invito y exhorto a que entreguemos gran parte de lo que somos: nuestras emociones y sentimientos, nuestros pensamientos, nuestros espíritus, nuestras voluntades y fuerzas de acción, nuestros cuerpos; a que estemos dispuestos no importa de la forma que sea, de corta o larga duración, a ser solidarios.

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